Durante las (ahora resulta que añoradas) décadas en que el PRI hizo como que gobernó (y en ocasiones hasta lo logró) el país, una regla no escrita (o tal vez sí) regía la duración de cada sexenio: el último año el Presidente, después de su quinto informe de labores, dejaba en los hechos el cargo: sus funciones se limitaban a recorrer el país, besar niños, recibir aplausos acarreados y elogios lanudos, mientras el tapado, ya designado por el magnánimo dedo del Señor (sin que nadie se hiciera bolas), se convertía desde ya, de facto, en el nuevo presidente en funciones, un año antes de la elección (fraudulenta, en el mejor de los casos) a resultas de la cual se le entregarían las llaves de los Pinos.
El único cambio real que parece haber traído la llegada del PAN a la mencionada casa de las coníferas (además de la nostalgia criolla que pretende imponer al país un viaje de 200 años hacia el pasado) ha sido el acortar los sexenios. Después de tres años de (¿llamarémosle?, ¿eufemísticamente?, ¿cínicamente?, ¿nomás por ganas de joder?) gobierno, el mandato de Felipe Calderón llegó a su fin (si es que alguna vez había llegado a su comienzo). Que si por ilegítimo, que si por pelele, que si por pendejo (ojo: no es lo mismo que pelele), que si por delirante, que si por los pactos políticos, que si por inepto (ojo: no es lo mismo que pendejo), que si por las arañas, Calderón nunca fue capaz de verse y dejarse ver como el preciso. Jamás logró ser la gran figura de autoridad que un sistema como el nuestro requiere (queramos o no) y ahora enfrente se le pone la (¿llamarémosle?, ¿eufemísticamente?, ¿cínicamente?, ¿nomás por ganas de joder?) autóctona y voluminosa Beatriz Paredez, que ya se ve muy parlamentaria y jefa de gabinete al recordarle (y recordarnos) que nada pasará de la antesala legislativa si no le conviene a ella, al precandidato Playmobil, a Manlio Fabio o a los amos de cualquiera de ellos (principalmente; hay jerarquías). Otros tres años, pues, nos esperan sin gobierno, sin congreso, sin política, pero sí con todo lo malo que ellos siempre han acarreado consigo: corrupción, robo en despoblado, tráfico de influencias y otras tantas bonitas tradiciones mexicanas.
Tres años de inopia. Es decir: tres años igualitos a los primeros del sexenio, pero con más comerciales sobre los logros del gobierno federal, porque para algo le puso González Camarena colores a la pantalla: pa apendejar más al (¿llamarémosle?, ¿eufemísticamente?, ¿cínicamente?, ¿nomás por ganas de joder?) respetable, que nomás ve lucecitas y ni pestañea, se queda como venado frente a camioneta, incapaz de moverse, no vaya a ser que se pierda el momento crucial de la telenovela.
Claro que podría ser peor, tal como les pasará a algunos de mis amigos habitantes del País de la Fantasía, a quienes todavía les quedan al menos nueve años del (¿llamarémosle?, ¿eufemísticamente?, ¿cínicamente?, ¿nomás por ganas de joder?) gobierno legítimo del Peje.
martes 14 de julio de 2009
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